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domingo, 13 de enero de 2019

Amos Oz: “No he visto nunca un fanático con sentido del humor”

EN PORTADA / ENTREVISTA

Amos Oz: “No he visto nunca un fanático con sentido del humor”

El escritor más reconocido en lengua hebrea publica 'Queridos fanáticos', un libro en el que condensa en forma de cuento lo que ha aprendido sobre la vida

El escritor israelí Amos Oz, en su casa en Tel Aviv en 2017. 
El escritor israelí Amos Oz, en su casa en Tel Aviv en 2017.   (MAGNUM / CONTACTO)
Parece el mismo de hace tres años, pero su voz se pierde a menudo en la grabadora entre el ronroneo de su gato ­Freddie. “Mi salud ya solo me permite viajar con la imaginación”, se excusa el escritor más reconocido en lengua hebrea. Amos Oz (Jerusalén, 1939) comienza una conversación con Babelia en su casa de Tel Aviv sobre los zelotes, extremistas y sectarios que prefieren observar un mundo complejo de la forma más simple, aunque termina reconociendo que su último libro, Queridos fanáticos, es en realidad un legado: “Se lo he dedicado a mis nietos. He concentrado lo que he aprendido en la vida, pero no de una manera abstracta, sino como un cuento”.
PREGUNTA. ¿Por qué ha recuperado discursos de hace tres lustros?
RESPUESTA. Es una revisión de mis conferencias de 2002 en Alemania. Hay una nueva aproximación. Lo más peligroso del siglo XXI es el fanatismo. En todas sus formas: religioso, ideológico, económico…, incluso feminista. Es importante entender por qué regresa ahora. En el islam, en ciertas formas del cristianismo, en el judaísmo…
P. Escribe sobre su tierra. ¿Oriente Próximo es la cuna del fanatismo?
R. Es una idea común, pero no creo que sea verdad. El auge del fanatismo y el racismo en Estados Unidos es mucho más peligroso. Existe fundamentalismo en Rusia y en el este de Europa. También es peligroso el fanatismo nacionalista en Europa Occidental.
P. ¿Compartimos ese pecado original?
R. Creo que hay un gen fanático en casi todos nosotros. Es la tendencia del ser humano de intentar cambiar a los demás. Les decimos a los niños: “Tienes que ser como yo”. Eso es muy común.
P. Usted razona sobre un fanatismo universal.
R. Cuanto más complejos se van haciendo los problemas, más y más gente está hambrienta de respuestas muy simples. Una fórmula que lo cubra todo. Pero muy a menudo se trata de mensajes fanáticos. Por ejemplo: “Todos nuestros problemas se deben a la civilización occidental”, o “nuestros problemas se deben al fundamentalismo islámico”, o “tienen su origen en la globalización” o “en el sionismo”…
P. Usted fue un muchacho fanático.
R. Un pequeño extremista, educado en una convención de nacionalismo y sionismo. “Los judíos tienen razón, nuestros enemigos están equivocados. Somos los buenos de la película y los otros son los malos”. Así de simple.
“Una nueva fragmentación de Europa no me hace feliz, pero si una mayoría del pueblo en Cataluña quiere vivir por su cuenta, lo hará”
P. ¿Cómo se cura el fanatismo?
R. Hay que tener curiosidad. Ponerse en la piel del otro. Aunque sea un enemigo. La receta es imaginación, sentido del humor, empatía. Pero no para contentar al otro. No soy como Jesucristo y no pido poner la otra mejilla. Lo mío es intentar imaginar qué hace al otro actuar de determinada forma.
P. Usted escapó de la atmósfera de su Jerusalén natal. ¿Es difícil no acabar siendo un fanático en esa ciudad?
R. Amo Jerusalén. Pero necesito mantener una cierta distancia. Es demasiado conservadora, en términos de ideología o religión. En Jerusalén casi todo el mundo tiene una fórmula personal para la salvación o la redención. Cristianos, musulmanes, judíos, pacifistas, ateos, racistas, todo el mundo.
P. Nació en un barrio que hoy es ultraortodoxo.
R. Entonces era de clase media baja. Había religiosos, pero también comunistas y algún anarquista. Y nacionalistas. Era un barrio interesante porque la gente discutía a todas horas.
P. ¿Una característica más bien jerosolimitana?
R. Es israelí, en general, aunque resulta más evidente en Jerusalén. Cualquier parada de autobús puede convertirse en un seminario académico. Completos desconocidos discuten de política, moralidad, religión, historia o sobre cuáles son las verdaderas intenciones de Dios. Pero nadie quiere escuchar al otro, todos creen tener la razón.
P. En el Estado judío, donde la religión es un signo identitario, ¿cómo vive un laico, un ateo?
R. Mi problema no es la religión, sino el fanatismo religioso. No es el cristianismo, sino la Inquisición. No es el islam, sino el yihadismo. No es el judaísmo, sino los judíos fundamentalistas. No es Jesucristo, sino los cruzados.
P. Un Gobierno ultraconservador en Israel, Trump en la Casa Banca, ¿una era propicia a la intransigencia?
R. La mayor parte del mundo se está moviendo rápido desde una perspectiva compleja a otra muy simplista. Pasa también en la izquierda radical.
P. El nacionalismo, el conflicto palestino, ¿no han condicionado esa visión en Israel?
R. Es natural. Cuando un maldito y cruel conflicto dura más de cien años hay heridas en ambos bandos. Oscuras imágenes del otro. Hay gente sentimental en Europa que cree que todo puede arreglarse charlando y tomando un café, con la idea de que en el fondo todo es un malentendido. Un poco de terapia de grupo y tan amigos. No. Hay conflictos que son muy reales. Cuando dos hombres aman a la misma mujer. O dos mujeres al mismo hombre. Eso no se puede solucionar tomando un café. El conflicto entre israelíes y palestinos es real.
P. ¿Hace falta un divorcio: dos Estados?
R. Básicamente es eso. La casa es muy pequeña. Tenemos que hacer dos apartamentos. Israel y, en la puerta de al lado, Palestina. Luego tendremos que aprender a decirnos “buenos días” en la escalera. Más tarde podremos ir de visita, a tomar café a casa del otro… Y hasta cocinar juntos: un mercado común, una federación o confederación…, pero antes hay que dividir la casa… En el fondo todos saben que la única solución posible es la de los dos Estados. Aunque no les gusta. Para palestinos e israelíes es como una ampu­tación, pierdes parte de tu cuerpo.
P. En Israel hay quien le cree un fanático de la fórmula de los dos Estados.
R. La otra solución solo funciona en Suiza. En Yugoslavia acabó en un baño de sangre. Hubo un divorcio pacífico en la antigua Checoslovaquia. ¿A quién se le ocurre que israelíes y palestinos deben acostarse juntos y hacer el amor y no la guerra? Después de un siglo de matanzas no es posible.
P. No parece que el liderazgo israelí muestre prisa por hallar una solución.
R. Ese es el corazón del conflicto, la falta de liderazgo. Nadie tiene el valor que tuvo [el presidente francés Charles] De Gaulle cuando concedió la independencia a Argelia.
P. ¿Ni los israelíes ni los palestinos?
R. Todo el liderazgo mundial. Por no citar también el de su país…
P. Precisamente iba a preguntarle…
R. No veo líderes valientes en Madrid o Barcelona. Una nueva fragmentación de Europa no me hace feliz. No entiendo por qué, pero si una mayoría del pueblo en Cataluña quiere vivir por su cuenta, lo hará. Puede que sea una gran equivocación, una tragedia para Cataluña y para el resto del país. No se puede obligar a dos personas a compartir cama si una de ellas no quiere.
P. O sea, como en Israel y Palestina.
R. Pienso en Checoslovaquia, fue complicado, pero no hubo guerra. Hasta Escocia quiere un Estado.
P. Entonces, ¿ahora vivimos una era de cobardes y fanáticos?
R. Es un tiempo de simplificaciones. La gente espera respuestas simples y ya no teme parecer extremista. Hace 80 años teníamos miedo de Hitler o Stalin.
P. Si la inmunización que supuso la II Guerra Mundial ya no surte efecto, ¿hace falta una nueva vacuna?
R. No quiero otro baño de sangre. Pero existe el riesgo: el fanatismo conduce a la violencia. Mi librito contiene un miligramo de vacuna: tolerancia y curiosidad. Sonreír de tiempo en tiempo, incluso reírse de uno mismo. No he visto nunca un fanático con sentido del humor.
Queridos fanáticos. Amos Oz. Traducción de Raquel García Lozano. Siruela, 2018. 172 páginas. 16,95 euros.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Miles de palestinos y judíos protestan en Tel Aviv contra el racismo



por Haggai Matar


Más de 5.000 manifestantes árabes y judíos de todo el país marcharon juntos el sábado por la noche en Tel Aviv contra las demoliciones de viviendas y en apoyo de la igualdad para todos. Los manifestantes pidieron al primer ministro Benjamin Netanyahu y al ministro de Seguridad Pública, Gilad Erdan, que dimitan, tras meses de incitación contra ciudadanos palestinos de Israel.


La manifestación, organizada por una gran coalición de organizaciones y partidos políticos, entre ellos "Standing Together", Hadash, Meretz, "Yad B'Yad", "Sikuy" y otros, fue la mayor protesta árabe-judía que Tel Aviv había visto en años. Los manifestantes marcharon a lo largo de la avenida George St. mientras coreaban consignas como "judíos y árabes se niegan a ser enemigos", hasta que llegaron a la calle Dizengoff, donde celebraron un gran mitin. Entre los oradores estuvieron el líder de la Lista Conjunta Ayman Odeh, la diputada de Meretz Michal Rozin, la presidenta de Meretz Zehava Galón. 


Los representantes de la Unión Sionista, que se suponía que debían asistir, estuvieron ausentes.


La doctora Amal Abu Sa'ad, viuda de Yacoub Abu al-Qi'an, quien fue baleado y asesinado por la policía en el pueblo beduino de Umm el Hiran el mes pasado habló de la muerte de su esposo a manos de la policía, de la lucha para obligar al Estado a entregar su cuerpo y borrar su nombre de toda conducta ilícita, así como de la trágica muerte de Erez Levy, el policía que murió también en los enfrentamientos en Umm el-Hiran. "Es importante para mí enviar un mensaje al primer ministro y su gabinete: a pesar de su incitación, racismo y discriminación en la legislación, la aplicación de la ley, la infraestructura y los servicios del Gobierno, ustedes no serán capaces de dividir a los ciudadanos de este país. Abu Sa'ad también llamó a establecer una comisión gubernamental para investigar los hechos de Umm el-Hiran. "Hagamos que en este lugar valga la pena vivir, por respeto a Yacoub y Erez".

Odeh, que habló a continuación, reiteró su llamado de hace un año a construir un campo democrático árabe-judío que se oponga tanto a la derecha como a la izquierda sionista, exigiendo la plena igualdad y la democracia.


El doctor Meir Buzaglo, profesor del Departamento de Filosofía de la Universidad Hebrea, invocó la historia compartida de judíos y musulmanes en Marruecos para promover la convivencia en Israel, mientras Bar Itamari y Fátima Yahiye, dos estudiantes de la escuela bilingüe árabe-judía "Mano a Mano - puente sobre el Wadi", describieron tanto el desafío como el privilegio de estudiar juntos.


Muhammad Barakeh, que encabeza el Superior Comité Árabe de Seguimiento, pidió a los manifestantes que regresen a Tel Aviv este mes para otra manifestación, advirtiendo contra la creciente asociación entre el Gobierno de Netanyahu y los partidos fascistas en Europa y Estados Unidos.


El diputado Dov Khenin (Lista Conjunta) agregó que es "irritante ver a Netanyahu copiar a los antisemitas en Europa. En Europa los partidarios del zar decían "golpear a los judíos y salvar a Rusia". El primer ministro dice "atacar a los árabes y salvar a Netanyahu".


Este artículo fue publicado por primera vez en hebreo en Local Call.
Traducido del inglés para Rebelión por J. M.
tomado de Rebelion: 
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=222588&titular=miles-de-palesti
nos-y-jud%EDos-protestan-en-tel-aviv-contra-el-racismo-

lunes, 12 de enero de 2015

La enajenación israelí hace a los cuerdos declararse enfermos

Texto, entrevista y edición vídeo: Patricia Simón @patriciasimon (Tel Aviv)
Imagen:Alex Zapico @zapicoalex
Subtitulado: @moresby
Hay quien es capaz de construir discursos contundentes desde la narración pausada. Quien tiene la capacidad de evidenciar la sinrazón cerrando frases cargadas de crudeza con una sonrisa que no revela alegría, sino consternación ante la locura. Quien demuestra que ser joven, mujer, dulce en las maneras y en la apariencia física no tiene nada que ver con la fortaleza ni la valentía. Hay personas, como Tal Wasser, que habiendo sido soldados israelíes, son capaces de darle la vuelta a su mundo, a la interpretación de la vida que le han inculcado desde su infancia, vencer el miedo, dar un paso al frente y sacar todos los fantasmas a la palestra pública. Pese a todas las consecuencias que les pueda acarrear.
“Cuando llegué al Ejército fue la primera vez que vi a palestinos. Había escuchado sobre ellos, sabía lo que pensaba sobre ellos, pero nunca antes había estado con ellos. A veces es más fácil hablar sobre un asunto cuando no lo conoces realmente, cuando no tienen rostro. Cuando me convertí en soldado, empecé a encontrarme con ellos y a entender que son realmente personas, no “palestinos”: niños, mujeres, padres, abuelos… Personas que están intentando vivir su vida. Y me di cuenta de que Israel no puede seguir así”.
Un puñado de palabras que resumen el origen de todo. Con claridad, aunque pudieran dar para un puñado de tesis doctorales. La construcción de un Estado, el israelí, en la que no caben los lugares de encuentro entre palestinos e israelíes. Con carreteras sólo para israelíes, con las comunicaciones a los pueblos palestinos cortadas, sin ningún tipo de señalización y prohibidas para los hebreos. Con la criminalización de la minoritaria sociedad civil crítica con la ocupación. Y con una maquinaria propagandística estatal dirigida a deshumanizar al contrario, al palestino, al potencial terrorista.
En este escenario nació y creció Tal, como cualquier joven israelí, aunque desde la ventana del kibutz donde vivía pudiera ver los edificios de la Franja de Gaza. Aunque en su comunidad, no fuera extraño que cayeran cohetes procedentes de la Franja y que creciera con el miedo a morir por ellos como algunos de sus vecinos. Y pese a que ella, aunque quisiera hacer el servicio militar “porque Israel es importante para mí y quería hacer algo importante por mi país”, creyera que “podía hacerlo mejor, ser más amable, más comprensiva, más pacífica”.
Como cuenta en la entrevista, pronto se dio cuenta de que “podía sonreír más, pero más pero eso no iba a cambiar la situación de los palestinos. Iban a tener que seguir cruzando los check points, viendo a soldados entrar en sus casas en medio de la noche… Empecé a sentirme mal por lo que estaba haciendo. Desde las seis de la mañana a las dos de la tarde, todos los días en un check point, en Nablus, por ejemplo, pidiéndole a todo el mundo que saliera de los coches, niños, ancianos (…) Y me preguntaba ‘¿Qué demonios estoy haciendo?’, ‘¿Por qué tienen que estar en esta situación por mi culpa?”.
15932424312_33e2186359_oIsrael es un Estado militarizado. En las calles, en los centros comerciales, en las estaciones de autobuses de Tel Aviv, de Jerusalén, los traseúntes se cruzan con jóvenes y adultos uniformados con sus ametralladoras cruzadas a sus espaldas como si de una mochila se tratasen. En los días de permiso, vuelven a sus hogares de uniforme y armados. En los barrios más conservadores y en los destinados a la residencia de exmilitares, las familias cuelgan de las fachadas de sus hogares pancartas enorgulleciéndose de que sus hijos estén haciendo el servicio militar en una u otra unidad. Cuanto más prestigiosa sea la unidad en la que hayan sido admitidos, más opciones para ingresar en unas u otras universidades, mejor consideración social, mejores opciones laborales. En un país diseñado a partir del patriotismo y el judaísmo, las Fuerzas Armadas representan el pilar encargado de defender su “existencia amenazada”. Un discurso que retraumatiza diariamente a su ciudadanía y que fomenta el precepto de la seguridad por encima de cualquier otra responsabilidad del Estado.
La minoría que se atreve a cuestionar públicamente el rol del Ejército en la ocupación, son considerados antipatrióticos, traidores. Por eso, Wasser no se atrevió a compartir sus dudas éticas con sus compañeros de unidad mientras hacia el servicio militar y no fue hasta que lo había finalizado, cuando empezó a digerir lo vivido. Fue durante el año que la mayoría de los jóvenes que han realizado el servicio militar se toman para viajar por el mundo con una beca con la que les premia el Estado israelí. La mayoría de ellos viajan por América Latina -por los bajos precios al cambio de su moneda- y Estados Unidos, con el que mantiene fuertes lazos políticos, culturales y, en muchos casos, familiares. Por eso es fácil encontrarse con grupos de jóvenes israelíes con ropa de estilo hippie en paradísiacas playas de Colombia, por ejemplo. Nadie diría por su apariencia que vienen de participar en la última ofensiva contra Gaza o de realizar incursiones nocturnas en hogares palestinos de Cisjordania.
Fue a la vuelta de este viaje “desestresante”, como lo definen muchos de ellos, cuando Wasser decidió acercarse a la ONGBreaking the Silence (Rompiendo el silencio). Integrada por exsoldados israelíes, se dedica a denunciar las violaciones de derechos humanos del Ejército israelí, a documentar los testimonios de los que necesitan exculpar sus fantasmas -muchos de ellos bajo el anonimato por miedo a represalias- y a sensibilizar a la ciudadanía sobre el rol de una institución en la ocupación de los Territorios Palestinos. Como ocurre con el resto de los rostros visibles de Breaking the Silence, Wasser ha recibido numerosas amenazas, ha sido calumniada en medios de comunicación y amigos de toda la vida han dejado de hablarle. “Es duro convertirte de repente en el malo de la película. A nadie le gusta que no te quieran. Pero estoy convencida de que esto tiene que parar, de que es posible de que convivamos pacíficamente. Si no lo creyera no haría lo que hago”.
Wasser trabaja en un hospital de Tel Aviv donde llegaban los soldados heridos durante la ofensiva contra Gaza de este verano que acabó con la vida de más de 2.200 palestinos -502 de ellos niños y niñas, y la mayoría civiles-, así como más de 10.000 heridos, muchos de ellos con secuelas permanentes. Su hermano era uno de los jóvenes que fueron destinados a Gaza durante su servicio militar. “Fue horrible. Temía por mi hermano, mis padres por los cohetes que llegaban al kibutz…Era horrible. Intentamos protestar contra lo que estaba haciendo nuestro gobierno pero…”. En esta década de existencia de Breaking the silence, la organización ha recopilado más de 950 testimonios que se pueden consultar en su web.
Objetores de conciencia
Si ya es fuerte la presión sufrida por los soldados que se atreven a cuestionar el rol del Ejército, aún mayor es la de los adolescentes que se niegan a prestar el servicio militar. Autodenominados shministim por ser el nombre en hebreo que reciben los estudiantes del último año de bachillerato, con dieciséis años, estos chavales se enfentan a toda la maquinaria estatal que no reconoce el derecho a la objeción de conciencia por razones políticas. Salvo los israelíes de origen árabe que están exentos como lo estaban hasta el año pasado los que se definían, no todos lo son, ultraortodoxos –el 25% según la ONG New Profile, dedicada a desmilitarización de la sociedad israelí–, la mayoría de los insumisos aducen razones de salud física o mental, o ser pacifistas. El 26% logran evadir así ser reclutados. Pero los que deciden objetar por razones políticas se enfrentan a encarcelamientos en prisiones militares de entre 20 y 28 días, tras los cuales, si no aceptan ingresar en las Fuerzas Armadas, vuelven a ser detenidos hasta que se enrolen, aleguen razones sanitarias o el Ministerio de Defensa termine capitulando. Así ha ocurrido con algunos objetores que adquirieron protagonismo público tras meses en prisión.

Pero en cualquier caso, según New Profile, el porcentaje de jóvenes que prestan el servicio militar obligatorio no ha dejado de caer en los últimos años: de un 52% en 2002 a menos de la mitad en 2008. Aunque no sea legal, la objeción de conciencia lleva casi medio siglo reclamando la atención en Israel a través de cartas públicas. La primera fue enviada en 1970 por un grupo de estudiantes al entonces primer ministro, Golda Meir, en la que explicaban su negativa a servir en territorios ocupados en la guerra de 1967. En 1982, un grupo de reservistas se negó a unirse a las filas en la guerra contra Líbano. Las cartas se han ido sucediendo a lo largo de los años, llevando a prisión a muchos de sus autores.
Noam Gur, 18 años, con la sentencia que la condena a prisión por negarse a hacer el servicio militar obligatorio (Activestills.org)
Noam Gur, 18 años, con la sentencia que la condena a prisión por negarse a hacer el servicio militar obligatorio (Activestills.org)
Gur firmó una de estas cartas en 2012. Se negaba a ingresar en un Ejército “dedicado a dominar otra nación, saquear y aterrorizar a la población civil que está bajo su control”. Tras dos condenas a prisión terminó argumentando problemas de salud mental, como contaba en esta entrevista en MondoWeiss.
Israel, la quinta potencia militar del mundo y la octava exportadorade armas, dedica casi un 20% de su prespuesto a gasto militar, un 18 por ciento de éste pagado por los Estados Unidos. Es habitual que los escolares reciban en sus aulas clases impartidas por militares sobre la importancia de las Fuerzas Armadas y que los hijos deseen servir en las mismas unidades en las que lo hicieron sus progenitores. Un discurso nacional basado en el miedo al otro, que desde los márgenes quiebran ciudadanas y ciudadanos israelíes como Tal Wasser o Noam Gur, que frente a la deshumanización sistemática de los palestinos ejercida desde las estancias oficiales, alzan la voz y se niegan a ser cómplices de la ocupación. Tal Wasser tuvo que convertirse en soldado para conocer a palestinos y entender que son personas, no “palestinos”. Noam Gur tuvo que declararse desequilibrada para no tener que acosar, maltratar, hostigar o, llegado el momento, asesinar palestinos. La enajenación de una sociedad, la israelí, que obliga a los cuerdos a declararse enfermos

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