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lunes, 20 de julio de 2015

Condeno el régimen de Netanyahu y de Sharón, soy liberal...y soy Sionista


 
 

Por J.E Reich. Publicado en Forward

Traducción: Ramsés Ancira Saba

Leer original en : http://forward.com/opinion/311851/im-young-im-liberal-and-yes-im-zionist/#ixzz3gSsnOACS


 

 
Hace unos meses, cuando estaba charlando con una nueva amiga  tuve que quitarme el maquillaje político ideológico. Inevitablemente, los puntos de vista árabe-israelíes entraron en la refriega, y ella me preguntó mi posición sobre  el clima actual en Israel.

"Soy una sionista", le dije sin vacilar, y encontré lo que me he acostumbrado a esperar: algo entre una mirada avergonzada y una lengua mordida. Yo no la culpo. Soy una joven liberal que recibió su título de maestría con especialización  en  literatura poscolonial; una devota declarada de  Frantz Fanon y una persona que estudió con Moustafa Bayoumi - el protegido del padre del orientalismo, Edward Said. Viniendo de mí, esta respuesta debe haberse oído extraña. Pero con este sello metafórico en mi pasaporte intelectual,  por extraño que parezca, allana el camino para una explicación.

Para aclarar: yo soy una judía estadounidense de izquierda que condena al régimen de Netanyahu por sus acciones militares (que puede ser clasificadas como expresión  de colonialismo, o, como el estudioso Lorenzo Veracini dice,  "de reprimir, cooptar, y extinguir alteridades autóctonas, y alentar  la diversidad étnica "). Yo soy la  primera en señalar que mientras que Theodor Herzl fue un gran defensor del colonialismo, la prostitución de los términos "sionista" y "sionismo" tan dañados por los regímenes de Ariel Sharon y Netanyahu, harían que el padre de facto del sionismo se revolcara en su tumba. Y estos dos hechos son las razones por las que creo, ahora más que nunca, que es vital para los Judios que apoyan una solución de dos estados llamarse a sí mismos sionistas.

A principios de este mes, el rabino Brant Rosen,  co-presidente del  Consejo Rabínico de la Paz, dio a conocer  la fundación de la congregación no sionista Tzedek, en  Chicago ,  la Ciudad de los Vientos.  Para Rosen, la misión de la sinagoga no confesional "dibuja ... la inspiración de la historia central de la Torá de la liberación", denunciando abiertamente las acciones de Israel contra el pueblo palestino. Mientras yo alabo la formación de Tzedek Chicago como una voz única dentro de la esfera religiosa, cuestiono su movimiento deliberadamente sectario al  calificarse  como no-sionista.

En la forma más pura de la palabra, el sionismo es un movimiento para restablecer a Israel como patria judía, por lo que el sionismo y la defensa de los derechos innatos del pueblo palestino no son inherentemente excluyentes. Si los no sionistas y los sionistas, ambos, tienen en mente terminar el juego de la misma manera (con una patria para Israel)  ¿para que calificar de dos maneras lo que coincide en última instancia en la misma visión?

Nos guste admitirlo o no, eso es precisamente lo que muchos sionistas y no sionistas compartimos el mismo juego final. Y aunque no me parece difícil de entender el movimiento de etiquetado de  sionistas "de derechas" o incluso "racistas" , como lo propone en la publicación Forward Lior Zaltzman

Creo que muchos de nosotros estamos en una encrucijada, porque cuando se trata del Estado judío, queremos un matrimonio perfecto y apasionado, o un divorcio completo. Pero si usted me pregunta, podemos hablar sobre el racismo y la ocupación y todavía mantener  una conexión sobre como vemos al  sionismo..

Si nos declaramos sionistas, abrimos las puertas para conversaciones como la que mencioné anteriormente.  En mi casa de Brooklyn, he conocido a un grupo de Judíos de izquierda, tanto en la práctica como en lo cultural que se  avergonzaron ante la mención de la "palabra-Z", pero tienen una visión que si no resulta idéntica, al menos es similar a la mía. Cuando visto  "la palabra Z" en mi manga, se acaba la conversación y no llegamos a nada

Por el contrario, si repudiamos el término "Zionista" a pesar de nuestras creencias compartidas, repudiamos no sólo la existencia de nuestra patria, sino  la idea de que podemos encontrar una solución de dos estados, que defiende los respaldados refuerzos de israelíes  para establecer una infraestructura para Palestina , y que la solución en sí, es alcanzable.

Mi reclamo izquierdista del término sionista, es análogo a la adopción  en Estados Unidos  de la corriente principal que asume la palabra "feminista". Unos pocos años  antes de que Beyonce creara un álbum-himno feminista, y sitios web como Jezabel o The Toast existieran, llamarse a  sí misma una feminista era equivalente a declararte   misma una misándrica (la contraparte de misógina[1])  por el estilo más crudo - o, peor aún, una femi-nazi como se le caricaturiza.  Al re definir la  tendencia y proclamarla como una  feminista igualitaria, el término se introdujo de nuevo para reinsertarlo en el discurso popular.

Si nos unificamos a nosotros mismos con nuestro uso descarado  y sin complejos de la etiqueta de "sionista", podemos lograr algo similar.

Por lo tanto, permítanme presentarme. Mi nombre es J. E. Reich. Soy una ferviente partidaria de la institución del Estado de Israel. Soy una defensora sin complejos por los derechos del pueblo palestino, y yo creo que se les debe conceder una patria, al igual que nosotros.

Y, sobre todo, soy una sionista.

 

 

Leer más: http://forward.com/opinion/311851/im-young-im-liberal-and-yes-im-zionist/#ixzz3gSsnOACS




[1] Nota del traductor

miércoles, 24 de junio de 2015

Pnina Feiler: polaca, israelí, 92 años, una vida contra las Ocupaciones de Palestina


Entrevista, texto y vídeo Patricia Simón @patriciasimon
Vídeo y fotos Alex Zapico @zapicoalex
Edición vídeo Manuel G. Postigo

Pnina Feiler tiene una historia de libro, o mejor dicho, su vida es un libro de Historia. Nacida en una familia judía en Polonia en 1923, tuvo que abandonar su país después de que su hermano fuera condenado por participar en un mitin callejero comunista. El chaval tenía 15 años, el Partido Comunista estaba prohibido en su país y la única opción que tenía para no pagar su delito con cárcel era declararse sionista y que tenía planeado viajar a Palestina para instalarse allí. “El sionismo y el comunismo no se llevaban bien”, explica Pnina. Así desmentía su filiación política. Su madre, viuda, y ella siguieron a su hermano y se instalaron en Tel Aviv en 1938, un año antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial. “Caí rendida ante sus playas, su clima. Venía de Polonia donde ya era otoño y de repente me encontré con esto. No tengo palabras para explicar lo que sentí”.
Pnina es ahora una enfermera israelí de 92 años que fuma como una carretera, viste calcetines rojos, coleta punky y ha dedicado su vida a la lucha contra la Ocupación. Primero contra la británica, después contra la sionista. Durante la última ofensiva contra Gaza, que se cobró la vida de más de 2.000 personas y 10.000 heridos, sacó todas sus fuerzas para manifestarse contra los crímenes de guerra que veía desde su televisor. “Fui porque sentía que me volvería loca si no hacía algo. La gente me decía: “Eres tonta, estás totalmente loca. ¿Por qué vas? No vas a cambiar nada”. Les respondo que lo hago por mí misma. Cualquier cosa cuenta, aunque sea una gota minúscula”.
Activistas de Phisicians for Human Rights esperando el autobús para viajar a los Territorios Ocupados Palestinos (Alex Zapico)
Activistas de Phisicians for Human Rights esperando el autobús para viajar a los Territorios Ocupados Palestinos (Alex Zapico)
Nos encontramos con Pnina un sábado en una gasolinera. Allí se reúnen los activistas de Phisicians for Human Rights, una ONG israelí que desde hace dos décadas viaja a los Territorios Ocupados a atender médicamente a los palestinos. Pero sobre todo, a tender puentes, a generar espacios de convivencia entre palestinos e israelíes, a romper con el Apartheid y la deshumanización del otro que éste promueve. “Decidí formar parte de esta ONG porque me hice mayor y me es muy difícil caminar y estar de pie. Pero la cabeza aún me funciona bastante bien. (…) Los que los niños conocen son los soldados israelíes, con sus metralletas; que se llevan a su hermano, o a su padre… y a los colonos, que queman los olivos y cosas así. De repente, conocen a unos judíos que llegan con medicinas, y con instrumentos para medirles la glucosa, etc. Así que creo que merece la pena”.
Cuando Pnina llegó a Palestina, bajo el Mandato Británico por entonces, se afilió a las Juventudes Comunistas, también prohibidas allí. “Yo no percibí animosidad hacia los palestinos, pero luego leí la Historia y me enteré de la Intifada que había habido entre 1936 y 1939 contra la colonización de los israelíes que llegaron. Pero yo no me di cuenta de ese rechazo y recuerdo que el padre de unas amigas era un activista por la creación de un único Estado. Por entonces, existía este movimiento”, dice con irónico pesar. A lo largo de su vida Pnina ha integrado numerosas iniciativas como las Mujeres de Negro: “nos poníamos en los cruces de las carreteras con letreros de Stop La Ocupación. En cada guerra hemos ido a las manifestaciones, pero no ha servido de mucho”.
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Pnina toma la tensión a una mujer palestina (A.Z.)
Pnina establece el origen de su pacifismo en otra guerra contra otra Ocupación, la británica. “Quería ser médica pero las universidades de aquí eran muy caras. Había escuchado que si estudiabas enfermería en la American University de Beirut, luego tenías una beca para hacer medicina. Así que me fui. Eran 1945 y se podía ir a Líbano por carretera”. Allí le pilló la guerra con los británicos, sus profesores le advirtieron que si no se iban de inmediato podrían no poder volver. Además Pnina quería luchar contra los ocupantes, recuerda de nuevo con triste ironía.
“Trabajé en cirugía.Había muchos jóvenes de 17, 18 años, heridos, paralíticos, ciegos… por culpa de esa guerra. Cuando bombardearon la estación de autobuses de Tel Aviv tuvimos que quedarnos 40 días en el hospital porque había muchos heridos. La gente que llegaba sangraba tanto que los cirujanos tenían que llevar botas de agua. Era como una película. Si cierro los ojos aún puedo verlo, olerlo, oír todo aquello. Se quedó grabado en todo mi cuerpo, no solo en mi cabeza. Creo que lo que seguí haciendo después por la paz está conectado con aquello”.
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Pnina habla algo de árabe. Toma la tensión a las mujeres palestinas que hacen cola para ser atendidos por la comisión israelí. Toma el café que le ofrecen. Cuando acaben de trabajar, compartirán una comida con el personal médico del centro de salud. De vuelta, el autobús alquilado por la ONG parará en una fábrica de aceite de oliva. Conversarán con sus vendedores y comprarán algunas garrafas. En realidad, se trata de esto, de romper los cercos con los que el Estado israelí mantiene incomunicados a palestinos e israelíes. No vayan a darse cuenta de que los palestinos son como ellos, personas. Las carreteras israelíes que van a parar a Cisjordania advierten a los conductores: Esta carretera está bajo autoridad palestina. La entrada para los ciudadanos israelíes está prohibida. Peligra su vida y es contrario a las leyes israelíes. Afortunadamente, hay algunos, como Pnina, que se los saltan -así haga falta cruzar a pie vallas, cargando con las medicinas– porque muchas de estas vías han sido literalmente cerradas con bloques de cemento, incomunicando pueblos y ciudades, parcelando aún más Cisjordania y sometiendo la vida de sus habitantes a un laberinto de controles y caminos cruzados sin sentido. Pero Pnina y el resto de los activistas de Phisicians for Human Rights se los saltan, porque saben que cuando una ley es injusta es deber desobedecerla.

lunes, 12 de enero de 2015

La enajenación israelí hace a los cuerdos declararse enfermos

Texto, entrevista y edición vídeo: Patricia Simón @patriciasimon (Tel Aviv)
Imagen:Alex Zapico @zapicoalex
Subtitulado: @moresby
Hay quien es capaz de construir discursos contundentes desde la narración pausada. Quien tiene la capacidad de evidenciar la sinrazón cerrando frases cargadas de crudeza con una sonrisa que no revela alegría, sino consternación ante la locura. Quien demuestra que ser joven, mujer, dulce en las maneras y en la apariencia física no tiene nada que ver con la fortaleza ni la valentía. Hay personas, como Tal Wasser, que habiendo sido soldados israelíes, son capaces de darle la vuelta a su mundo, a la interpretación de la vida que le han inculcado desde su infancia, vencer el miedo, dar un paso al frente y sacar todos los fantasmas a la palestra pública. Pese a todas las consecuencias que les pueda acarrear.
“Cuando llegué al Ejército fue la primera vez que vi a palestinos. Había escuchado sobre ellos, sabía lo que pensaba sobre ellos, pero nunca antes había estado con ellos. A veces es más fácil hablar sobre un asunto cuando no lo conoces realmente, cuando no tienen rostro. Cuando me convertí en soldado, empecé a encontrarme con ellos y a entender que son realmente personas, no “palestinos”: niños, mujeres, padres, abuelos… Personas que están intentando vivir su vida. Y me di cuenta de que Israel no puede seguir así”.
Un puñado de palabras que resumen el origen de todo. Con claridad, aunque pudieran dar para un puñado de tesis doctorales. La construcción de un Estado, el israelí, en la que no caben los lugares de encuentro entre palestinos e israelíes. Con carreteras sólo para israelíes, con las comunicaciones a los pueblos palestinos cortadas, sin ningún tipo de señalización y prohibidas para los hebreos. Con la criminalización de la minoritaria sociedad civil crítica con la ocupación. Y con una maquinaria propagandística estatal dirigida a deshumanizar al contrario, al palestino, al potencial terrorista.
En este escenario nació y creció Tal, como cualquier joven israelí, aunque desde la ventana del kibutz donde vivía pudiera ver los edificios de la Franja de Gaza. Aunque en su comunidad, no fuera extraño que cayeran cohetes procedentes de la Franja y que creciera con el miedo a morir por ellos como algunos de sus vecinos. Y pese a que ella, aunque quisiera hacer el servicio militar “porque Israel es importante para mí y quería hacer algo importante por mi país”, creyera que “podía hacerlo mejor, ser más amable, más comprensiva, más pacífica”.
Como cuenta en la entrevista, pronto se dio cuenta de que “podía sonreír más, pero más pero eso no iba a cambiar la situación de los palestinos. Iban a tener que seguir cruzando los check points, viendo a soldados entrar en sus casas en medio de la noche… Empecé a sentirme mal por lo que estaba haciendo. Desde las seis de la mañana a las dos de la tarde, todos los días en un check point, en Nablus, por ejemplo, pidiéndole a todo el mundo que saliera de los coches, niños, ancianos (…) Y me preguntaba ‘¿Qué demonios estoy haciendo?’, ‘¿Por qué tienen que estar en esta situación por mi culpa?”.
15932424312_33e2186359_oIsrael es un Estado militarizado. En las calles, en los centros comerciales, en las estaciones de autobuses de Tel Aviv, de Jerusalén, los traseúntes se cruzan con jóvenes y adultos uniformados con sus ametralladoras cruzadas a sus espaldas como si de una mochila se tratasen. En los días de permiso, vuelven a sus hogares de uniforme y armados. En los barrios más conservadores y en los destinados a la residencia de exmilitares, las familias cuelgan de las fachadas de sus hogares pancartas enorgulleciéndose de que sus hijos estén haciendo el servicio militar en una u otra unidad. Cuanto más prestigiosa sea la unidad en la que hayan sido admitidos, más opciones para ingresar en unas u otras universidades, mejor consideración social, mejores opciones laborales. En un país diseñado a partir del patriotismo y el judaísmo, las Fuerzas Armadas representan el pilar encargado de defender su “existencia amenazada”. Un discurso que retraumatiza diariamente a su ciudadanía y que fomenta el precepto de la seguridad por encima de cualquier otra responsabilidad del Estado.
La minoría que se atreve a cuestionar públicamente el rol del Ejército en la ocupación, son considerados antipatrióticos, traidores. Por eso, Wasser no se atrevió a compartir sus dudas éticas con sus compañeros de unidad mientras hacia el servicio militar y no fue hasta que lo había finalizado, cuando empezó a digerir lo vivido. Fue durante el año que la mayoría de los jóvenes que han realizado el servicio militar se toman para viajar por el mundo con una beca con la que les premia el Estado israelí. La mayoría de ellos viajan por América Latina -por los bajos precios al cambio de su moneda- y Estados Unidos, con el que mantiene fuertes lazos políticos, culturales y, en muchos casos, familiares. Por eso es fácil encontrarse con grupos de jóvenes israelíes con ropa de estilo hippie en paradísiacas playas de Colombia, por ejemplo. Nadie diría por su apariencia que vienen de participar en la última ofensiva contra Gaza o de realizar incursiones nocturnas en hogares palestinos de Cisjordania.
Fue a la vuelta de este viaje “desestresante”, como lo definen muchos de ellos, cuando Wasser decidió acercarse a la ONGBreaking the Silence (Rompiendo el silencio). Integrada por exsoldados israelíes, se dedica a denunciar las violaciones de derechos humanos del Ejército israelí, a documentar los testimonios de los que necesitan exculpar sus fantasmas -muchos de ellos bajo el anonimato por miedo a represalias- y a sensibilizar a la ciudadanía sobre el rol de una institución en la ocupación de los Territorios Palestinos. Como ocurre con el resto de los rostros visibles de Breaking the Silence, Wasser ha recibido numerosas amenazas, ha sido calumniada en medios de comunicación y amigos de toda la vida han dejado de hablarle. “Es duro convertirte de repente en el malo de la película. A nadie le gusta que no te quieran. Pero estoy convencida de que esto tiene que parar, de que es posible de que convivamos pacíficamente. Si no lo creyera no haría lo que hago”.
Wasser trabaja en un hospital de Tel Aviv donde llegaban los soldados heridos durante la ofensiva contra Gaza de este verano que acabó con la vida de más de 2.200 palestinos -502 de ellos niños y niñas, y la mayoría civiles-, así como más de 10.000 heridos, muchos de ellos con secuelas permanentes. Su hermano era uno de los jóvenes que fueron destinados a Gaza durante su servicio militar. “Fue horrible. Temía por mi hermano, mis padres por los cohetes que llegaban al kibutz…Era horrible. Intentamos protestar contra lo que estaba haciendo nuestro gobierno pero…”. En esta década de existencia de Breaking the silence, la organización ha recopilado más de 950 testimonios que se pueden consultar en su web.
Objetores de conciencia
Si ya es fuerte la presión sufrida por los soldados que se atreven a cuestionar el rol del Ejército, aún mayor es la de los adolescentes que se niegan a prestar el servicio militar. Autodenominados shministim por ser el nombre en hebreo que reciben los estudiantes del último año de bachillerato, con dieciséis años, estos chavales se enfentan a toda la maquinaria estatal que no reconoce el derecho a la objeción de conciencia por razones políticas. Salvo los israelíes de origen árabe que están exentos como lo estaban hasta el año pasado los que se definían, no todos lo son, ultraortodoxos –el 25% según la ONG New Profile, dedicada a desmilitarización de la sociedad israelí–, la mayoría de los insumisos aducen razones de salud física o mental, o ser pacifistas. El 26% logran evadir así ser reclutados. Pero los que deciden objetar por razones políticas se enfrentan a encarcelamientos en prisiones militares de entre 20 y 28 días, tras los cuales, si no aceptan ingresar en las Fuerzas Armadas, vuelven a ser detenidos hasta que se enrolen, aleguen razones sanitarias o el Ministerio de Defensa termine capitulando. Así ha ocurrido con algunos objetores que adquirieron protagonismo público tras meses en prisión.

Pero en cualquier caso, según New Profile, el porcentaje de jóvenes que prestan el servicio militar obligatorio no ha dejado de caer en los últimos años: de un 52% en 2002 a menos de la mitad en 2008. Aunque no sea legal, la objeción de conciencia lleva casi medio siglo reclamando la atención en Israel a través de cartas públicas. La primera fue enviada en 1970 por un grupo de estudiantes al entonces primer ministro, Golda Meir, en la que explicaban su negativa a servir en territorios ocupados en la guerra de 1967. En 1982, un grupo de reservistas se negó a unirse a las filas en la guerra contra Líbano. Las cartas se han ido sucediendo a lo largo de los años, llevando a prisión a muchos de sus autores.
Noam Gur, 18 años, con la sentencia que la condena a prisión por negarse a hacer el servicio militar obligatorio (Activestills.org)
Noam Gur, 18 años, con la sentencia que la condena a prisión por negarse a hacer el servicio militar obligatorio (Activestills.org)
Gur firmó una de estas cartas en 2012. Se negaba a ingresar en un Ejército “dedicado a dominar otra nación, saquear y aterrorizar a la población civil que está bajo su control”. Tras dos condenas a prisión terminó argumentando problemas de salud mental, como contaba en esta entrevista en MondoWeiss.
Israel, la quinta potencia militar del mundo y la octava exportadorade armas, dedica casi un 20% de su prespuesto a gasto militar, un 18 por ciento de éste pagado por los Estados Unidos. Es habitual que los escolares reciban en sus aulas clases impartidas por militares sobre la importancia de las Fuerzas Armadas y que los hijos deseen servir en las mismas unidades en las que lo hicieron sus progenitores. Un discurso nacional basado en el miedo al otro, que desde los márgenes quiebran ciudadanas y ciudadanos israelíes como Tal Wasser o Noam Gur, que frente a la deshumanización sistemática de los palestinos ejercida desde las estancias oficiales, alzan la voz y se niegan a ser cómplices de la ocupación. Tal Wasser tuvo que convertirse en soldado para conocer a palestinos y entender que son personas, no “palestinos”. Noam Gur tuvo que declararse desequilibrada para no tener que acosar, maltratar, hostigar o, llegado el momento, asesinar palestinos. La enajenación de una sociedad, la israelí, que obliga a los cuerdos a declararse enfermos

sábado, 2 de agosto de 2014

Israel ofende a la humanidad (y nos insulta a los judíos)

Israel ofende a la humanidad. Marcos Roitman Rosenmann

La Jornada 02-08-2014

http://www.jornada.unam.mx/2014/08/02/opinion/022a1mun
Los noticiarios abren su programación con la cifra de muertos en Gaza. A continuación desagregan las víctimas, entre población civil, niños y objetivos militares abatidos por el ejército israelí, suma y sigue, y acaban señalando las observaciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, los exhortos de Obama pidiendo a Israel un alto el fuego y la inacción de Europa. Así, día tras día. Ninguna sanción, bloqueo de cuentas, retirada de embajadores, suspensión de créditos o condena formal al gobierno de Israel por trasgredir la Convención de Ginebra. Meros llamados de atención y recomendaciones.

La sensación de vivir en un mundo donde bombardear hospitales, escuelas, centros culturales, bibliotecas, guarderías, lanzar obuses, disparar contra la población civil, queda impune, es de impotencia. ¿Cuál es el límite a la barbarie? El argumento para justificar los crímenes de guerra cometidos por Israel y regurgitado por sus aliados occidentales es simple: "El pueblo judío ha sufrido siglos de persecución, debemos ser comprensivos. Ahora les toca defender su territorio agredido por terroristas que les impiden vivir en paz". ¿Alguien en su sano juicio puede creer que el Estado de Israel está en peligro?

Israel tiene derecho a defenderse, sí, como cualquier otro país que sea atacado militarmente y sus invasores pretendan arguir el derecho de conquista para someter a su población y esclavizarla. Pero no es el caso. La Autoridad Nacional Palestina no pretende anexionarse Israel, como hizo Alemania con Austria en marzo de 1938. Tampoco parece probable que los palestinos invadan territorio israelita, cuyos límites, por el contrario, suma tierra conquistada al pueblo palestino tras la guerra de los seis días en 1967 y la guerra de Yom Kipur en 1973. En dichos territorios Israel ha establecido colonias y asentamientos ilegales, construido un muro, el de la vergüenza, y sometido a control político-militar a la población en Gaza y Cisjordania. Asimismo, con el argumento de vivir continuamente en guerra, Israel incrementa su potencial bélico, posee la bomba atómica, tiene armamento de última generación, drones, misiles de largo alcance y una fuerza aérea y naval sobredimensionada. En contraposición, la Autoridad Nacional Palestina tiene milicias, cuerpos policiales y un arsenal militar obsoleto y de corto alcance. La asimetría es total. No hay dónde perderse, no existe guerra, ni hay razón para atacar a la población de Gaza con el odio y la inmisericordia de la que hace gala Israel.

Si los crímenes del nazi-fascismo ofendieron a la humanidad y fueron juzgados por un tribunal ad hoc: Nuremberg, Israel toma el relevo y nos ofende. Tal vez sea la hora de imputar a los dirigentes israelitas como responsables de crímenes de lesa humanidad. En ese sentido, el holocausto nazi-fascista se tipificó como un agravio contra el ser humano, una negación de la dignidad, es decir, una deshumanización que anulaba la condición humana. El tamaño del horror y los testimonios de la barbarie nazi levantaron la voz de un nunca jamás. La naciente comunidad internacional se comprometió a sancionar y juzgar tales crímenes donde el peligro de genocidio, etnocidio o crímenes de guerra se produjesen. Sobre ellos recaería todo el peso de la ley. Las sanciones debían ser ejemplares. Sus responsables detenidos, juzgados y condenados. Pero en su fuero interno pareció hacer excepciones, salvo que los imputados fuesen Israel y las potencias hegemónicas.

Gaza es hoy un campo de concentración y exterminio, los hornos crematorios y cámaras de gas han trasmutado en bombardeos aéreos, obuses y drones. Hoy la "solución final" se aplica de manera velada al pueblo palestino bajo la doctrina Dahiya, que habilita al ejército israelí a considerar objetivos militares a la población civil, escuelas, hospitales y patrimonio cultural, con la finalidad de aumentar el grado de sufrimiento. Pensar que cualquier persona o infraestructura en Gaza es objetivo militar traspasa cualquier consideración de tipo ideológico y moral, por no decir ético. ¿Cuál es el límite de sufrimiento y muerte fijado por Naciones Unidas y los países occidentales para el pueblo palestino y no llamarlo genocidio? ¿Cuál es la distancia que separa una operación de castigo de un genocidio y crímenes de guerra?

La comunidad internacional debe actuar o será cómplice de crímenes de lesa humanidad, si ya no lo es. Repito, Gaza se ha transformado en un gran campo de exterminio y muerte, un gueto, donde no hay compasión y el grado de sufrimiento es llevado al límite para crear la sensación de no ser nada, salvo despojo. Primo Levi, sobreviviente del Holocausto, relata en su Trilogía de Auschwitz: "No hay dónde mirarse, pero tenemos delante nuestra imagen, reflejada en 100 rostros lívidos, en 100 peleles miserables y sórdidos... Entonces, por primera vez nos damos cuenta de que nuestra lengua no tiene palabras para expresar esta ofensa, la destrucción de un hombre. En ese instante, con intuición casi profética, se nos ha relevado la realidad: hemos llegado al fondo. Más bajo no puede llegarse: una condición humana más miserable no existe, y no puede imaginarse. No tenemos nada nuestro: nos han quitado las ropas, los zapatos, hasta los cabellos. Si hablamos no nos escucharán, y si nos escuchasen no nos entenderían. Nos quitarán hasta el nombre. Y si queremos conservarlo, deberemos encontrar en nosotros la fuerza de obrar de tal manera que, detrás del nombre, algo nuestro, algo de lo que hemos sido permanezca". Hoy, Israel aplica la misma política que las autoridades del Tercer Reich desplegaron para justificar la supremacía de la raza aria y pueblo alemán. Sólo que lo hacen en nombre del pueblo de Sion. Nos ofenden.
 

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