tomado de La Jornada, miercoles, 17 de enero de 2018
http://www.jornada.unam.mx/2018/01/17/opinion/019a1pol
El lector memorioso recordará a Malala, la joven activista paquistaní
que a los 15 años fue atacada a tiros por un terrorista talibán en un
autobús escolar que circulaba por la ciudad de Mingora (2012).
Malala Yousafazi empezó su militancia a los 11 años, y en 2011 recibió
dos importantes premios por su defensa de la educación de las niñas,
los derechos civiles y de las mujeres en el valle del río Swat
(provincia de Khyber), controlada por el régimen talibán.
Luego del atentado, el ex primer ministro inglés Gordon Brown emitió
una petición titulada Yo soy Malala, y la Unesco lanzó la campaña
Stand up for Malala. Malala fue recibida en la Casa Banca por el
entonces presidente Barak Obama, por el secretario general de la ONU
Ban Ki-moon, y pronunció un discurso ante la Asamblea General.
Los medios occidentales la encumbraron: biografías, entrevistas,
documentales. Sólo en 2013, Malala fue galardonada con más de 10
grandes premios internacionales. La revista Time la nombró una de las
100 personas más influyentes del mundo, y Glamour mujer del año, la
nominó para el Nobel de la Paz que finalmente obtuvo, con tan sólo 17
años (2014).
En el extremo opuesto, tenemos a la niña judía Yifat Alkobi, quien en
2011 abofeteó a un soldado que la detuvo por tirar piedras contra los
palestinos. Yifat fue liberada el mismo día de su detención, y se le
permitió regresar al hogar. Antes del incidente, Yifat había sido
condenada cinco veces por conducta desordenada. Sin embargo, no fue
encarcelada una sola vez.
Las vidas de Malala y Yifat son totalmente distintas a la de Ahed
Tamimi, niña palestina de 16 años. El 19 de diciembre pasado, en el
curso de las protestas contra la decisión de Washington de reconocer a
Jerusalén como capital de Israel, Ahmed cometió un delito similar al
de Yifat. Sólo que en lugar de una bofetada judía, el soldado que
entró al patio trasero de su casa, recibió una bofetada palestina.
Ahed nació en Nabi Saleh, aldea situada a 20 kilómetros de Ramalá
(Cisjordania) y cercada por el asentamiento ilegal judío de Halamish
que desde 2009 la priva de tierra y agua. Milita desde los nueve años,
y así como tantos niños palestinos, creció con la ansiedad de ser
despertada en sus habitaciones, por soldados armados y con máscaras.
Ahed ha sido testigo de la detención y asesinato de varios miembros de
su familia. A un hermano de su madre, Nariman, lo asesinaron delante
de ella, en una protesta (2011); al hermano, le partieron el brazo.
Bassam Tamimi, el papá, ha pasado nueve veces por las cárceles; la
madre también, cuatro o cinco veces. Y a los 12, Ahmed apareció en un
video que se hizo viral, mordiendo a un soldado judío cuando pisoteaba
a su hermano.
El periodista Gideon Levy escribió acerca las razones por la que una
adolescente palestina está volviendo loco a Israel. Dijo que la niña
“destrozó varios mitos de los israelíes. Lo peor de todo es que se
atrevió a dañar el mito israelí de la masculinidad [...] ¿Qué va a
pasar con nuestro machismo, que Tamimi rompió tan fácilmente, y
nuestra testosterona? (Haaretz, 21/12/17).
Aunque, posiblemente, lo que vuelve locos a los israelíes, es que Ahed
Tamimi podría pasar por una de sus hijas: piel blanca, largo cabello
rubio rizado, ojos azules, y rasgos que parecen más europeos que
árabes. Pero académicas como Shenila Khoja-Moolji, Miriam Ticktin o
Carolina Bracco ofrecen lecturas menos mediáticas.
Según ellas, Ahmed tiene claro que mujer, vida, tierra y cuerpo son la
misma cosa en Palestina. Por esto, cuando la entidad colonial se quiso
aprovechar de la concepción el honor antes que la tierra, las mujeres
de Nabi Saleh respondieron: la tierra antes que el honor.
Niñas como Ahed, sostienen, critican el colonialismo sionista y distan
de enarbolar la feminidad empoderada que la cultura occidental
pretende validar. Ella busca la justicia contra la opresión en lugar
del empoderamiento femenino, individualista y abstracto.
Mientras, el papá de Ahed plantea dos frentes de lucha: por un lado el
deber de seguir desafiando y combatiendo el colonialismo israelí en el
que ellas nacieron, hasta el día en que se derrumbe. Por otro,
afrontar con audacia el estancamiento político y la degeneración que
se ha extendido entre nosotros.
Ahed fue detenida junto con su madre y prima (Nariman y Nur) y el
periodista israelí Ben Caspit (quien posa de progresista) recomendó en
el diario Maariv hacerles pagar en la oscuridad, sin testigos ni
cámaras. Un tribunal militar imputó a la niña de 12 delitos (entre
ellos incitación al terrorismo), y el ministro de educación Naftali
Bennett quiere que Ahed y su familia terminen sus días en prisión.
Entrevistado por el portal Nodal, el español Manuel Pineda (cofundador
de la organización no gubernamental Unadikum y amigo de la familia de
Ahed), advierte que en Tel Aviv crecen las voces que piden para Ahed
desde 20 años de cárcel a la cadena perpetua. “En los interrogatorios
–comenta– ella no responde nada. Todavía no han conseguido que diga su
nombre”.
Ahed se niega a responder a los soldados, fiscales y autoridades del
enclave colonial sionista. Simplemente, no los reconoce. La nueva
heroína de la causa palestina pasó la última noche del año en una
celda helada y esposada de pies y manos.
Por que el fundamentalismo no es nuestra opción, porque entre los individuos como entre las naciones palestina e israelí, el respeto al derecho ajeno es la paz. El único blog en español de los judíos progresistas. Órgano de difusión de JUCOP Judíos Contra la Ocupación Palestina (en formación)
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domingo, 21 de enero de 2018
miércoles, 6 de agosto de 2014
Del Discurso del Odio en Israel
(tomado de La Jornada, miercoles, 6 de agosto de 2014 http://www.jornada.unam.mx/2014/08/06/opinion/021a1pol ) Del discurso del odio en Israel José Steinsleger
Hace unos días, en un diario de México, leí un sugerente artículo
suscrito por el kapo de la conocida franquicia de irresponsabilidad
cultural ilimitada, Vargas Llosa & asociados. El texto se llama El
discurso del odio, que en su primer párrafo dice:
“Sorprende y entristece el avance del discurso del odio. Su radical
intolerancia frente al otro, frente a lo otro, es característica de
los fanatismos de la identidad, ya sea religiosa, racial, nacional,
ideológica. Pero su hábitat preferido no es la fe sino la mala fe. Sus
armas son conocidas, y pueden ser letales…”
¿Cómo disentir de tan atinadas palabras? ¿Cómo no situarlas en el polo
opuesto del decreto religioso emitido por el rabino Dov Liot, conocido
por su apoyo a Baruch Goldstein, quien mató a 29 fieles musulmanes en
una mezquita de Hebrón (1994), y el asesinato, un año después, del
primer ministro sionista Isaac Rabin?
Liot vive en el asentamiento ilegal de Kiryat Arba (Cisjordania),
donde dijo que, con base en la religión judía, era lícito matar
civiles inocentes y destruir Gaza. Añadió: no hace falta cerciorarse
de que las personas atacadas son combatientes o civiles... cualquier
tipo de charla sobre humanismo y consideraciones humanitarias es discutible.
En Israel, Liot tiene muchos seguidores, no necesariamente religiosos.
Por ejemplo, la joven y bellísima diputada Ayelet Shaked, del Partido
Hogar Judío, escribió el 7 de julio pasado en Facebook: “… la sangre
de los palestinos debe estar en nuestras manos”. Y que esto también se
aplica a “las madres de los muertos terroristas que crían serpientes…”
Días después, el reportero danés Alian Sorensen cargó en Twitter las
imágenes de ciudadanos israelíes en una colina aledaña a la ciudad de
Sderot (vecina a Gaza), animando los bombardeos de precisión desde
sillas de plástico, y comiendo palomitas de maíz. Imágenes que ya
habían sido documentadas en un reportaje de Dinamarca TV2 durante la
operación Plomo Endurecido (2009).
¿Estaba entre ellos el reconocido académico Mordechai Kedar, de la
Universidad de Bar Ilan (Tel Aviv)? En un programa de radio, Kedar
declaró que “…lo único que prevendría un ataque suicida es que
supieran (los terroristas) que, de ser atrapados, su hermana o su
madre serán violadas”. Pero como Israel es la única democracia de
Oriente Medio, el entrevistador Yossi Hadar disintió del profesor:
“Suena mal –dijo–; no podemos tomar ese tipo de medidas”.
Kedar, sin embargo, sabía de lo que hablaba. Pues no es cosa que de
buenas a primeras cualquiera cuestione la excelencia académica de un
catedrático especializado en literatura árabe, que estuvo trabajando
25 años para la inteligencia militar de su país, especializado en
grupos islámicos.
Desde el frente de combate, lejano de los debates serios y profundos,
el soldado David Ovadia presumió, mediante Instagram, de haber
asesinado a 13 niños palestinos. Hoy he matado a 13 niños. ¿Será
verdad? Ah… ¡estos muchachos! ¿No habrán sido tres o menos de cinco?
Para evitar el discurso del odio, el periodista serio y responsable
debe cotejar sus fuentes, y no basarse, como dice el autor del
artículo referido, “…en testimonios aislados, unilaterales (y hasta
anónimos) sin respetar la máxima fundamental del derecho: la carga de
la prueba recae en el acusador, no en el acusado”.
Idem…atinado. Por consiguiente, sería calumnioso asegurar que todos
los judíos del Estado terrorista de Israel coinciden con sus
gobernantes. Porque el Instituto por la Democracia de la Universidad
de Tel Aviv y un sondeo del Canal 10 revelaron que sólo 85 por ciento
están satisfechos o muy satisfechos con el liderazgo de Benjamin Netanyahu.
Naturalmente, en la única democracia de Medio Oriente también hay
lugar para las discrepancias. El Ejército y el gobierno, por ejemplo,
discuten sobre la necesidad de prolongar la invasión, y el ministro de
Relaciones Exteriores, Avigdor Lieberman, acusó a Netanyahu de titubeante.
No hay, en suma, que guiarse por los chismes que circulan en la web,
como los del portavoz de la policía israelí, Micky Rosenfeld, quien en
una entrevista con la cadena británica BBC afirmó que “…no existe
vínculo alguno entre Hamas y el asesinato de los tres jóvenes colonos
israelíes” (o sea, el pretexto para desatar el nuevo capítulo en
cámara lenta del holocausto palestino).
Lo importante es orientarse (eso sí, sin estridencia) por medios como
The Times of Israel, que informó de la recuperación de una lechuza
herida por el fuego de Hamas. ¡Pinches fanáticos islamitas! En su
edición del 25 de julio, el diario relata la hazaña de Ben, estudiante
de veterinaria, que encontró el ave herida y la llevó al zoológico
“…cuando disminuyó el fuego de cohetes de Gaza”. Ben está indignado:
¡la lechuza perdió un ojo y tiene el pico roto!
Y en medio de tanto discurso del odio, Jesse Rosenfeld (periodista del
sitio DailyBeast.com), entrevistó en Gaza a la niña Yasmine al Attar,
habitante de Gaza, de 10 años.
–¿Qué quieres ser de grande?
–No sé si viviré.
viernes, 1 de agosto de 2014
La moral del soldado judío
por José Steinsleger
El llamado conflicto de Gaza suele agitar un confuso entrecruzamiento de prismas, datos, ángulos de mira, obsesiones, disciplinas (o relatos y lecturas, como se dice ahora) que sutilmente, abrumándonos con la inquietante presencia del sheriff Woody y el discurso del gran filósofo sionista Buzz Lightyear, busca remontarnos hasta el infinito… ¡y más allá!
Si el apotegma es válido, habrá que sopesar la cósmica energía de las mujeres de Gaza que nos interpelan, mirando al cielo con los brazos abiertos y las ropas empapadas con la sangre de sus hijos. ¿Verdades y mentiras? El comentarista se resiste a ensayar la cínica y serena imparcialidad de los que renuncian a fijar las verdades y mentiras de los hechos.
Hacia finales del siglo XIX, un pensador al que las razones de Occidente trastornaron sus facultades, dijo: No hay hechos. Sólo hay interpretaciones (Nietzsche). Cosa que neoliberalmente suena razonable, pues nos permite permanecer equidistantes (¿cómplices?) frente al drama de un pueblo que se niega a desaparecer bajo el fuego humanitario de los invasoras que ocupan su tierra desde 1948. El plural se justifica: sin el respaldo criminal de Estados Unidos y la Unión Europea, no existiría el enclave neocolonial llamado Israel.
¿Árabes versus judíos? ¿Hamas versus Netanyahu? Simplistas y reduccionistas, abstenerse. Porque así como las democracias occidentales fueron cómplices junto con Alemania nazi de la suerte de los judíos en Europa central, ningún Estado árabe se muestra hoy apurado en ayudar a Palestina. Con excepción de Irán, país islámico, pero no árabe que, cuando se llamaba Persia, salvó a los judíos en dos ocasiones: con Ciro II (Libro de Esdrás), y Jerjes I (Libro de Ester).
La Biblia guarda inconmensurable valor literario. No obstante, su valor historiográfico es nulo. Así es que en 2014… hechos. Por un lado, la entidad ultranacionalista inventada siglo y medio atrás por el sionismo. Por el otro, pueblos que para dicha o desdicha nacieron en Palestina, y que desde la publicación de Autoemancipación, del polaco Leo Pinsker (1882), y El Estado judío, del austrohúngaro Teodoro Herzl (1895), fueron maldecidos con dolosas interpretaciones del Antiguo Testamento.
Con esa moral, los soldados del ejército que se jacta de ser el más ético del mundo asesinan a bebés, mujeres y ancianos, destruyen escuelas y hospitales, disparan con artillería pesada, lanzan bombas de racimo y proyectiles revestidos con uranio enriquecido, y han convertido la venganza en un valor occidental aceptable (Gilad Atzmon).
En 2007, el diario Haaretz de Tel Aviv publicó un reportaje acerca de los soldados judíos que usan camisetas, gorras y sudaderas exaltando el asesinato de embarazadas palestinas. En el batallón Lavi, por ejemplo, un soldado mostraba en su camiseta a una joven palestina magullada, con el lema: Apuesto a que te han violado. En la brigada Givati, otro militar lucía en la suya el lema: Un disparo, dos muertes, inscrito bajo un dibujo de un punto de mira que apunta al vientre de una palestina embarazada vestida con la típica túnica islamita.
Al ser preguntado, el militar admitió con cinismo: Hay gente que cree que no está bien. Yo también lo creo, pero no significa nada. Nadie va a disparar a una mujer embarazada. Luego, en 2007, se hicieron camisetas con el lema Más pequeño, más difícil, en la que había el dibujo de un niño con la leyenda: Es un niño, así que tienes más problemas a nivel moral, y además el objetivo es más pequeño.
Otra de las camisetas fue encargada por una unidad de francotiradores, y llevaba el mote Mejor usa Durex, junto a un bebé palestino muerto con su oso de peluche al lado, y su madre llorando junto a él. Otra más mostraba la supuesta evolución de un niño palestino que crece hasta convertirse en miliciano. La leyenda rezaba: No importa cuándo comience. Le pondremos fin.
En el reportaje, los mandos de cada unidad afirmaron no tener control. Aseguran que ese tipo de prendas están prohibidas en ciertas unidades, pero son permitidas en otras. La oficina de relaciones públicas del Tsahal (Ejército de Defensa, sic) se justificó diciendo que si bien son de mal gusto (sic), se trata de “…ropas privadas, impresas en empresas privadas, a petición privada de los soldados que terminan los cursos”.
Millones de judíos del mundo que empiezan a sospechar adónde conducen tales métodos de impunidad y gratuita crueldad se atreven a pensar distinto. Sin embargo, raros son los judíos antisionistas (de izquierda o derecha) que cuestionan la naturaleza asesina del Estado de Israel. Algunos creen que la solución radica en los dos estados. Y otros esperan algo así como la paz sin vencedores y vencidos.
¿Y todo ese horror ilustrado para qué? Para mantener a salvo el económica y políticamente rentable antisemitismo y defender la inviabilidad de un despropósito: la identidad colectiva judía.
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