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martes, 14 de marzo de 2017

Netanyahu a palestinos: ¿prefieren Apartheid o limpieza étnica?

Sergio Yahni

Reseñas desde Jerusalén



Israel quiere que palestinos elijan entre la limpieza étnica y el apartheid

El movimiento de Boicot, Des-inversiones y Sanciones (BDS) subvierte las propuestas que presentan como normal una situación donde 


palestinas y palestinos pierden su personería y su voluntad para quedar sujetos a las necesidades de la coyuntura política en Israel.

En la permanente coyuntura preelectoral que vive la política israelí se propone a los palestinos elegir entre la limpieza étnica y el apartheid.

Avigdor Lieberman, que hace suya la formula de dos estados para resolver el conflicto, propone que Israel y el Estado Palestino a 

establecerse “intercambien territorios y poblaciones”. Los bloques de colonias serian anexados a Israel mientras que los pueblos y las ciudades en los cuales residen ciudadanos palestinos de Israel serían anexadas al estado palestino.



Para Lieberman el estado civil de los palestinos ciudadanos de Israel no es un derecho sino una situación precaria que se podría manipular de acuerdo a las necesidades.

Por otro lado, el diputado Miki Zohar, del Likud, propone anexar los territorios ocupados durante el conflicto de junio de 1967. Según Zohar los palestinos podrían acceder a la igualdad de derechos sin poder votar.

Zohar, un diputado de segunda linea habla en nombre de lideres del Likud que no quisieran enfrentarse a Netanyahu. Los príncipes del 

partido, tal como los describe la prensa israelí, Ofir Akunis, Miri Regev y Zeev Elkin, entre otros, saben que su futuro esta en manos del líder. Ellos se oponen a la idea de dos estados pero no pueden hacer 
publica una propuesta alternativa.

Netanyahu, por su parte, ya ha declarado nulos los acuerdos de Oslo,en su encuentro con Donald Trup, el también ha declarado irrelevante la propuesta de un Estado Palestino independiente al lado de Israel. 
Pero la política de Netanyahu es no presentar alternativas. En otras palabras, adopta la propuesta de de Miki Zohar, pero sin decirlo, sin anexar Cisjordania, sin comprometerse.

El BDS mantiene viva la realidad palestina en la conciencia de los pueblos al tiempo que fuerza a la comunidad internacional a adoptar un compromiso con el derecho de las palestinas y los palestino a ser personas, sujetos de su voluntad.

Eso es justamente a los que teme Israel.



domingo, 8 de noviembre de 2015

Netanyahu rompe la marca mundial del cinismo


 Maciek Wisniewski


Parecía difícil que Benjamin Netanyahu, el primer ministro israelí,
batiera su propio record de chutzpah (descaro, en hebreo y yidish; en  polaco: hucpa), una nefasta faceta personal –y estilo de hacer
política– en cuya crítica se especializa el viejo Uri Avnery (véase: A  world record for chutzpah, en Counterpunch, 16-18/8/13).

Pero lo logró. Y no sólo eso. Con un par de frases llevó también todo
el debate en torno al conflicto judío-árabe –incluso su entendimiento–
a otro nivel de demencia (y vaya, ya ha hecho mucho).

Pero... ¡qué frases! Los guionistas de Hollywood se morirán de
envidia. Los historiadores en todo el mundo, que por décadas –y sin
éxito– han tratado de ubicar el momento exacto en que Hitler oprimió
el botón de la solución final, querrán cambiar de profesión.

En la historia según Netanyahu todo ocurrió entre las 4:30 y las 5:45
de la tarde del 28 noviembre de 1941 en Berlín, durante el encuentro
entre el Führer y Haj Amin al-Husseini, el muftí de Jerusalén
(1921-1937) y líder nacional palestino. Según él, hasta aquel entonces
Hitler no quería exterminar a los judíos, sino expulsarlos (¡sic!),
pero el muftí lo hizo cambiar de idea (¡sic!):

–Si expulsa a los judíos, todos ellos vendrán aquí [a Palestina].

–Entonces, ¿qué debo hacer con ellos? –pregunta Hitler.

–Quemarlos –responde al-Husseini.

¡Uno de los grandes misterios de la historia resuelto en 20 segundos!
Sólo que... todo este diálogo es totalmente apócrifo, no está en los
documentos de la época (véase: What really happened when muftí met
Hitler, en Haaretz, 22/10/15) ni en ningún otro lugar, salvo la
imaginación de Netanyahu.

Dina Porat (Yad Vashem): es un completo disparate; Moshe Zimmerman
(Universidad Hebrea): es algo al borde del negacionismo; Tom Segev
(autor de Seventh million, sobre usos y abusos del Holocausto): es un
cuentito inoportuno.

Quizás sería algo sólo para reír, una buena escena en una comedia
sobre el Holocausto (¿con Bruno Ganz como Hitler y Roberto Benigni
como muftí?), si no fuera por el momento y contexto.

El desafortunado muftí al-Husseini que, exiliado en Europa,
oponiéndose al colonialismo británico y buscando garantías para la
Palestina independiente se alió con los nazis –pero nunca fue nada más
que un peón en su propaganda–, hizo su reaparición de las tinieblas de
la historia (¡con diálogo y todo!) en un ferviente discurso que
Netanyahu dio ante el Congreso Mundial Sionista en Jerusalén (video:
Haaretz, 21/10/15), celebrado en medio de una nueva ola de
enfrentamientos palestino-israelíes (con Jerusalén y la mezquita Al
Aqsa como centro).

El mismo día, fuerzas israelíes abatieron a cinco palestinos en
territorios ocupados y fue asesinado un colono israelí. En un mes
murieron más de 50 palestinos y unos 10 israelíes (la mayoría acuchillados).

Mencionar al muftí –instigador de los ataques a judíos en los años 20
(verdad) e instigador del Holocausto (mentira)– tenía dos propósitos:

1) aparentar que el motivo detrás de la actual revuelta palestina no
es el peso de la ocupación y el colonialismo, sino el viejo odio y
antisemitismo genocida (¡sic!) que se remonta incluso a la época pre
Israel, 2) y completar el paso de estafeta de miedo: después de que el
acuerdo nuclear con Irán le quitó a Netanyahu su principal arma
política –la bomba iraní bautizada por él como segundo Holocausto
(¡sic!)–, se pasó a tiradores de piedras (amenazados con 20 años de
cárcel), al terror de los cuchillos y finalmente a
“palestinos-artífices de la ‘solución final’” (¡sic!).

Nada nuevo bajo el sol.


La reciente chutzpah de Netanyahu es sólo otro caso de la vieja
operación que Idith Zertal llamó la nazificación de los palestinos
(véase: “Israel’s Holocaust and the politics of nationhood”, 2005) que
consiste en:

• La identificación de los palestinos desplazados por la creación de
Israel (1948) con el Holocausto mediante su transformación en amenaza
existencial, su deshumanización y demonización (reforzando la idea de
victimización judía y de Israel-país en estado de emergencia permanente).

• El desplazamiento temporal y espacial de amenaza nazi a los
palestinos y a Medio Oriente para justificar su desalojo y otras
prácticas coloniales (sobre todo después de la guerra de 1967).

• La normalización y legitimación del expansionismo provisto de un
argumento moral (los 6 millones...) y visto como medida preventiva
contra el nuevo Auschwitz.

Por si fuera poco, los palestinos también caen víctimas de una
transferencia del trauma.

Bien anota en este contexto David Hearst: con el paso del tiempo y las
nuevas generaciones, la rabia post Holocausto en Israel –igual que el
miedo un objeto de manipulación– crece y muta, pero su objetivo ya no
son los que realmente mataban: los alemanes, ucranios, letones o
polacos, sino... los palestinos (MEE, 21/10/15).

En la mayoría, las marchas de veteranos de las SS en Riga o marchas
con antorchas de neonazis ucranios y veteranos de OUN/UPA
corresponsables por la masacre de 34 mil judíos en Babi Yar en
septiembre de 1941, en la primera fase de la solución final (antes del
encuentro muftí-Hitler y sin que haga falta su incitación...), ya no
evocan la imagen del exterminio tanto como lo hacen las marchas de Hamas.

En fin: la sola idea de que Hitler era un antisemita despistado que
necesitaba preguntarle a al-Husseini qué hacer con los judíos es
absurda (y ahistórica).

Uri Avnery: “Hitler trataba su antisemitismo en serio y lo aplicaba a
todos los semitas. También detestaba a los árabes. Contrariamente a la
leyenda, sentía aversión al muftí… lo recibió una vez para la foto
pedida por la propaganda y no quiso verlo de nuevo”.

También contrariamente a la leyenda (propaganda sionista), en la
historia del mundo árabe no hubo casos de odio y persecuciones como
los de Europa culminados con la Shoah; al contrario: lo que hubo fue
–en general– entendimiento y coexistencia (The fallacy of rising
anti-semitism, en Counterpunch, 20-22/2/15).

Ayer el Holocausto fue una gran hecatombe; hoy, según Norman
Finkelstein (Why is Netanyahu trying to rewrite history?, en Al
Jazeera, 22/10/15), ya es sólo una shmata (trapo en yidish, del polaco
szmata) para todos los usos políticos del momento.

¿Qué es –desde el punto de vista histórico– lo más chocante en la
versión apócrifa del encuentro entre el gran muftí de Jerusalén Haj
Amin al-Husseini y Adolf Hitler (28/11/41) ofrecida por Benjamin
Netanyahu (véase: La Jornada, 30/10/15)?:

a) Blanquear a Hitler (“que sólo quería expulsar los judíos pero el
muftí le dijo de ‘quemarlos’”).

b) Absolver a los alemanes (que no eran tan malos ya que el Holocausto
fue incitado por los viles árabes).

c) Borrar a Europa del camino a Auschwitz (aparentando que la idea
vino de afuera y no existía hasta noviembre de 1941).

Todo: a), b) y c). Imagínense: ¡el primer ministro israelí dándoles la
mano a los negacionistas! Pero lo último resulta quizás más
perturbador. Piénsenlo: ¡como todos andaban (andábamos) equivocados!

Zygmunt Bauman, que analizó el Holocausto como producto de síntesis
única de varias tendencias de la modernidad europea ( La modernidad y
el Holocausto, 1989). Enzo Traverso, que estudió cómo la continuidad
histórica de la Europa liberal –desde la guillotina y la fábrica
capitalista, hasta las matanzas coloniales y la Primera Guerra Mundial
(sin olvidar el bien enraizado antisemitismo)– formó el universo
social y mental en que se engendró la solución final ( La violencia
nazi: una genealogía europea, 2002). Varios historiadores que
rastrearon la puesta en marcha de la máquina de la muerte hasta
mayo/junio de 1941, concluyendo que fue la fusión del antisemitismo
biológico nazi con las condiciones de guerra y estableciendo una línea
desde Mein kampf de Hitler (1929), su discurso sobre la destrucción de
la raza judía (enero de 1939), el Holocausto por balas: matanzas a
cargo de unidades móviles/ Einsatzgruppen (y sus ayudantes ucranios,
letones o lituanos), los primeros experimentos con cámaras de gas
(septiembre de 1941), hasta la operación Reinhard y la construcción de
campos de exterminio en Polonia (octubre de 1941). Incluso Raul
Hilberg, el más grande historiador del Holocausto, que en su opus
magnum de tres tomos le dedicó al muftí apenas... un pasaje ( La
destrucción de los judíos europeos, 1961).

¡Y ahora resulta que fue por la incitación palestina! Bueno: eso
quisiera Netanyahu.

Aunque Yad Vashem rechazó sus revelaciones, su propio modo de enseñar
historia no está lejos: la entrada sobre al-Husseini en su
Enciclopedia del Holocausto es dos veces más larga que la de Goebbels,
más larga que la de Himmler y Heydrich juntas y sólo un poco más chica
que la de Hitler. ¿ Cui bono?

Quisiera proponer una fórmula: si no se sabe de qué se trata, se trata
de la propaganda sionista.

Gilbert Achcar: manipular la figura del muftí sirvió ayer para hablar
de la corresponsabilidad palestina por la Shoah y justificar la
creación de Israel en su tierra ( The arabs and the Holocaust: the
arab-israeli war of narratives, 2010).

Joseph Massad: pintar al muftí como el partícipe del Holocausto sirve
hoy para presentar la resistencia palestina no como un proyecto
anticolonial, sino una reacción antisemita ( The persistence of the
palestinian question, 2006).

En esto andaba Netanyahu: pintando los últimos ataques palestinos no
como una reacción al colonialismo, sino viejo afán judeicida. Y cuando
se le acabó la pintura, dijo que lo que dijo... no era del todo cierto. ¡Uff!

Primero se retractó a medias (no quise blanquear a Hitler, pero
tampoco hay que disminuir el papel del muftí en el exterminio (¡sic!),
The Guardian, 21/10/15), luego casi del todo (“no quise crear la
impresión que fue él quien ideó la ‘solución final’, lo hicieron los
nazis sin influencia externa en junio de 1941”, The New York Times, 30/10/15).

Sólo que una vez nazificados los palestinos, cuando la foto de
al-Husseini con Hitler, el único propósito y producto de su reunión,
ya dio la vuelta al mundo, mandó otro mensaje: Este es el padre de la
nación palestina.

Uri Avnery: “Es ridículo bautizar al muftí como el ‘padre de la
nación’. En todos mis cientos de encuentros con los palestinos, desde
Arafat para abajo, jamás escuché una buena palabra de él (...) lo
describían como ‘patriota’, pero igual una persona de horizontes
estrechos (...) culpable por el desastre de 1948”, ( Counterpunch, 30/10/15).

Tampoco retiró su aseveración que al-Husseini fue juzgado en
Nuremberg. No. No fue juzgado. Ni allí, ni en ninguna otra instancia.
Tal vez debería.

Sirvió a los nazis con mensajes radiales dirigidos a los musulmanes en
la URSS. Ayudó a reclutar a los musulmanes bosnios para la 13 división
de las SS que luchaba contra los partisanos de Tito (y no estaba
involucrada en ningunas acciones antijudías). Una vez bloqueó un
transporte de Cruz Roja a Palestina con niños húngaros-judíos que
sabía que irían a Auschwitz, pero no fue artífice del Holocausto (los
alegatos de un ayudante de Eichmann que lo implicaba en su planeación
–y de dónde viene también la acusación– fueron rechazados por
historiadores como Yehuda Bauer por poco creíbles).

Al final murió tranquilamente en Beirut en 1974 y nadie se interesó
por él. Ni siquiera los propios israelíes que lo tenían al lado y que
sí se molestaron 10 años antes por el mencionado Eichmann hasta la
lejana Argentina.

En sus memorias, Abu Iyad, alto dirigente palestino, anota que unos
años antes de 1974 lo confrontó por su acercamiento a Hitler, error,
que condenamos inequívocamente ( My home, my land: a narrative of the
palestinian struggle, 1981).

Los disparates de Netanyahu, aunque productos de otro contexto, se
insertan en la oleada del revisionismo histórico derechista rampante
en Europa, agudizado por el conflicto en Ucrania y orientado a
rescribir la historia de la Segunda Guerra Mundial.

Al final, lo del revisionismo lo tiene en las venas: su padre (de
hecho: un historiador...) fue secretario de Vladimir Ze’ev Jabotinsky,
fundador del sionismo-revisionista inspirado por el fascismo italiano,
que apelaba por una postura más dura frente a los árabes.

Desde su fundación, Israel pasó por varias guerras (como la de 1967,
que lo volvió un régimen colonial), pero la historia de la Segunda
Guerra Mundial –y su manipulación– sigue siendo clave en la estrategia
de demonizar y justificar el despojo de los palestinos.

* Periodista polaco

Maciek Wisniewski*

viernes, 6 de marzo de 2015

De la República de Platón a la Tiranía de Netanyahu


 La Oligarquía da origen a la democracia que se supone es el mejor de los estados políticos, pero esta se descompone y da paso a la Tiranía. Este es el ciclo que Platón propone en el libro VIII de la República, escrito alrededor de  400 años antes de la era cristiana y que parece tener muchas pruebas de ser verdad casi dos mil 500 años más tarde.
En sus diálogos, Platón hace equivalencias entre lo que sucede en una familia normal y el gobierno de una sociedad. Empieza planteando que los gobiernos se constituyen con los que tienen propiedades o lo que Carlos Marx llamaría Capital.
Puede suceder que un hombre educado en los valores del espíritu y del ejercicio, como los que propone Platón, se comporte con estricto apego al servicio público, pero entonces corre el riesgo de que su consorte se queje de que por esto descuide su propia hacienda y su familia no cuente con los recursos y los honores suficientes en esa forma de gobierno que Platón llama Timocracia.
Este gobernante bueno puede tener hijos que resulten afectados porque su padre pierda lo que tiene y aún contraiga deudas que lo hagan perder su fortuna. Este joven si llega a gobernante podrá pensar que el único objetivo del poder es traducirlo en fiestas y una vida superflua. Cuando esto ocurra  el tipo de gobierno que se formará será una oligarquía.
Entonces los ciudadanos se agruparán en dos tipos de partido, el de los pobres y el de los ricos. Para defender sus riquezas el soberano va a necesitar una guardia fuerte. No puede formarla entre los ciudadanos de su propio estado porque corre el riesgo de que envidien sus posesiones y ellos mismos se la quiten, así que frecuentemente recurrirá a mercenarios contratados en otras latitudes.
La Oligarquía, dice Platón, va a terminar cuando los pobres se organicen y pasen a cuchillo a los ricos. Entonces el pueblo mandará y la gente podrá dedicarse al cultivo del espíritu, cuyo ejemplo es la música y del cuerpo que son las actividades gimnásticas. Entonces de acuerdo al filósofo los buenos gobernantes tendrían que estar en buena forma.
Pero en la Democracia la disciplina se relajará, cada quien se dedicaría a lo que le guste, lo que no necesariamente es lo que más le sirve al Estado. Se va a  necesitar gente que se dedique a la protección de la ciudadanía.
Estos defensores de los intereses de la sociedad son comparados por Platón con los adoradores de un templo de Zeus que acostumbran darse festines rituales con carne humana, lo que los convierte en hombres lobo. Ya sin conciencia de su papel, estos hombres lobo pueden acabar por devorar a sus propios protegidos. En política esto sería la Tiranía que se acaba por consumir a la Democracia.
La concepción de Platón parece coincidir plenamente con los hechos de nuestros días y tiene un sustento notable con lo ocurrido con la presencia del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu en la Asamblea de Representantes de Estados Unidos a donde fue invitado por los Republicanos a dar un discurso en el que exigió que no se haga ninguna negociación de paz con Irán.
Israel teóricamente era una de las democracias más perfectas del mundo, con muchos partidos políticos en los que se incluían no solo la derecha y la izquierda, sino a distintas razas e incluso concepciones religiosas.
Esa democracia era tan perfecta que dio las facilidades para que grupos extremistas judíos asesinaran al Primer Ministro Isaac Rabin, por las mismas razones que en otra supuesta democracia que es la de Estados Unidos asesinaron a Martin Luther King, y John F Kennedy  por procurar la igualdad y oponerse a la guerra, en el segundo caso con Cuba.
Como dice Platón, Netanyahu se hizo pasar por un salvador de Israel e inculcó una paranoia en su pueblo. La política moderna aconseja que si no tienes un enemigo lo inventes y el Primer Ministro Israelí se inventó a Irán, aunque al mismo tiempo extremistas islámicos decapitaban periodistas de origen judío o no, quemaban a cristianos y jordanos y destruían vestigios históricos irrecuperables. Todo esto que se llama en Estados Unidos un claro e inminente peligro fue soslayado por Netanyahu, más preocupado por debilitar al Estado laico sirio que tiene simpatía por Palestina.
Como los hombres lobo de templo de Zeus, mientras Netanyahu distrae con el tema iraní y después de que 2500 personas fueron asesinadas en la franja de Gaza, una ola de antisemitismo ha provocado el asesinato de docenas de personas de origen judío o no en países que se consideraban los más seguros y civilizados del mundo, como Canadá y la Europa Escandinava.
A dos milenios y medio de Platón su teoría política tiene plena vigencia. Muere la Democracia para dar paso a la Tiranía. Tampoco el factor económico que planteaba el filósofo griego en la Timocracia está exento de este ejemplo. Se estima que no llega a 30 el número de familias de las que depende la economía de Israel.
No hay mucho en que estas familias puedan gastar en ese país del medio oriente. La frivolidad es parte de esa Timocracia y el discurso de muchas mujeres judías, cansadas de que sus maridos no tengan los honores y riquezas que esas mujeres considera que merecen es casi idéntico al que propone Platón.
Si Estados Unidos deja de depender de Israel como su aliado en Medio Oriente porque hay paz con Irán, entonces Israel deja de recibir miles de millones de dólares que le mandan desde Norteamérica. Gana la paz, pero pierden los tiranos que se sostienen gracias a la guerra.

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